Opinion
Si algo aprendí de la política —y lo aprendí pronto— es que puedes apoyar lo mismo y lo contrario, sin cambiar de cara ni sonrojarte. Es un arte que domina el funambulista del poder, siempre dispuesto a caminar sobre la cuerda floja del «allí sí, aquí no». El caso de la ampliación del Aeropuerto del Prat es, una vez más, un manual perfecto de esta lógica bizarra y contradictoria.

Déjame contarte una historia.
Ocurre en dos escenarios, como toda buena paradoja. En el Parlament de Catalunya, el socialista Salvador Illa es investido presidente con el apoyo entusiasta de los Comunes y de ERC. Una alianza que se te presenta como progresista, dialogante y sensible a los retos ambientales. En ese nuevo ecosistema parlamentario, entre los escaños hoy se sienta Lluis Mijoler, exalcalde del Prat y ahora diputado. Sí, el mismo Mijoler que hasta hace unos meses agitaba pancartas en contra de cualquier ampliación aeroportuaria por sus impactos ecológicos. Ahora, su partido sostiene al Govern que impulsa precisamente esa ampliación.
Y mientras tanto, a apenas 15 kilómetros, en el Ayuntamiento del Prat de Llobregat, la alcaldesa Alba Bou, también de los Comunes, levanta la voz con firmeza contra el proyecto. Una voz que, eso sí, NO encuentra eco en su imprescindible socio de gobierno, el socialista Juan Pedro Pérez, que por primera vez apoya esta ampliación aeroportuaria.
Aquí se defiende la laguna de La Ricarda con pasión, allí se negocia su posible sacrificio con discreción. Aquí se denuncia un modelo de crecimiento que prioriza lo económico sobre lo ambiental, allí se justifica en nombre del progreso. Y en medio de todo esto, tú, yo, los vecinos y vecinas del Prat, los de siempre, miramos hacia el cielo, hacia esos aviones que quizás despeguen más a menudo en el futuro, mientras nos preguntamos quién nos defiende realmente y quién juega a dos bandas.
No entraré —hoy— en si la ampliación es o no necesaria. Puede que lo sea si la piensas como infraestructura estratégica para Catalunya y España. Tampoco voy a profundizar en las alternativas que ya se han puesto sobre la mesa y que merecerían un debate serio, como potenciar Girona o Reus conectados con trenes lanzadera de alta velocidad. Lo que sí merece una reflexión, y urgente, es la normalización de esta doble moral política.
Apoyar una cosa en el Parlament y rechazarla en el pleno municipal no es una contradicción menor. Es una forma de hacer política que se ha instalado sin complejos, barnizada de un ecologismo “cool”, oportuno y fotogénico, pero profundamente incoherente. Lo viste antes, en otras batallas medioambientales, como en los desvíos del río Llobregat, donde se prometía proteger mientras se negociaba destruir.
Y así seguimos, atrapados en el vuelo rasante de las contradicciones. Mientras algunos aplauden en el Parlament y otros se encadenan simbólicamente a los humedales, el avión de la ampliación sigue calentando motores. Y lo hace gracias a una alianza que dice una cosa aquí y la contraria allí, sin despeinarse.
Porque, al final, lo único que no cambia es esto: el arte de decir sí y no a la vez. Y que parezca coherente.(Corriol Camanegra).








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