Lamenta que expresar ideas sobre la inmigración se haya convertido en motivo de descalificación.
Carta de los lectores. El Prat al Día publica íntegramente las cartas de sus lectores sin aplicar ningún tipo de recorte ni de censura. Es por ello que las opiniones expresadas pertenecen en exclusiva a sus autores.

Señor director,
Escribo estas líneas desde el cansancio, pero también desde la convicción de que hay debates que no deberían ser tabú en una sociedad madura y democrática.
Resulta preocupante que expresar ideas tan básicas como que quien decide vivir en un país debe respetar sus normas, su cultura y su forma de convivencia sea motivo suficiente para recibir etiquetas descalificadoras. Defender el respeto mutuo no es racismo; es sentido común.
Del mismo modo, señalar que ningún país puede acoger de forma ilimitada a todas las personas que desean venir no implica rechazo, sino responsabilidad. Los recursos son finitos y gestionarlos con rigor es una obligación de cualquier administración seria.
También sorprende que defender a quienes han trabajado durante toda su vida, han cotizado y han contribuido al desarrollo de la sociedad se perciba como algo negativo. Priorizar a quienes han sostenido el sistema no debería ser motivo de crítica, sino de consenso.
A todo ello se suma una creciente sensación de hipocresía en el debate público: se apela constantemente a la tolerancia, pero se descalifica al discrepante; se habla de inclusión, pero se excluye al que no comparte determinadas ideas. Esta doble vara de medir solo empobrece la convivencia.
En el ámbito educativo y social, defender la convivencia equilibrada entre catalán y castellano tampoco debería interpretarse como un ataque a ninguna lengua. Al contrario, es una apuesta por la cohesión y por una sociedad que suma en lugar de dividir.
Vivimos tiempos en los que parece imponerse una lógica simplista: o se está de acuerdo con una determinada posición o se es automáticamente señalado como enemigo. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Se puede defender el orden, los límites y el respeto sin caer en el rechazo ni en la intolerancia.
Lo verdaderamente preocupante no es la existencia de opiniones distintas, sino la dificultad creciente para expresarlas libremente sin sufrir ataques personales. Cuando discrepar tiene un coste social, la calidad democrática se resiente.
No se trata de provocar ni de imponer una visión, sino de poder participar en el debate público desde la honestidad y el respeto. Porque callar ante lo que uno considera injusto o incoherente no es una opción saludable para ninguna sociedad.
Atentamente,
Jordi López








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